Un hombre de 65 años nacido en la comunidad indígena peruana de Yahuma, situada a 25 kilómetros de Leticia por el río Amazonas, conoce la selva como la palma de sus manos, sostiene una fuerte conexión con los animales y se gana la vida conduciendo un bote con el que recorre su ilusión de la vida.

©Fundación Omacha
Los habitantes de Puerto Nariño, aquellos que madrugan, siempre observan la misma figura cobriza y amigable recorriendo las empinadas calles. Ese personaje de rasgos y corazón indígena es José Becerra Catatunga, un hombre que inicia corriendo desde muy temprano su día: “Troto para estar más sano, para coger fortaleza y para que no me duelan los huesos, los músculos y así poder hacer los mandados más rápido”.
Su vida siempre ha girado en la misma esfera: los animales y los secretos que encierra la selva, pues desde muy niño nuestro personaje, junto con sus hermanos mayores recorría palmo a palmo todo el verde espesor amazónico conociendo todos los rincones, misterios y sabiduría que alberga la selva. Así, de esa forma transcurrió su infancia.
José se ha rebuscado la vida haciendo lo que mas sabe hacer, guiar turistas y hablar acerca de la selva, aquella que conoce a las mil maravillas. Siempre ha estado vinculado con el turismo y la fauna del Amazonas. Inició trabajando para el Parque Nacional Amacayacu, allí estuvo durante dos años como ayudante de campo y motorista.
Luego la vida, le daría la oportunidad de conocer muchos turistas y más formas de concebir el mundo, cuando en una chalupa alquilada y con un motor Yamaha 15 transportaba las miradas y el asombro de miles de extranjeros que visitaban este hermoso paraíso natural. A José, lo que menos le importaba era el sueldo, pues prácticamente el dinero que obtenía por su trabajo debía dejarlo en las arcas del dueño de la chalupa: “Ganaba $500.000 al mes y me tocaba darle $250.000 al dueño del bote”, razón por la cual anhelaba otro empleo: “Luego trabajé en el Hotel Brisas del Amazonas 7 años. Allí hasta tiraba machete y atendía a la gente”.
José y su experiencia Omacha

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Estando en ese trabajo, por el año 1996, conoció a Fernando Trujillo González, director científico de la Fundación Omacha. “Él me preguntó que si quería trabajar con él. A mí me llamó la atención y comencé”, fue así como ingresó José a la Fundación Omacha.
Ingresar a la Fundación fue quizá esa oportunidad que estaba esperando. Así comenzó una nueva y verdadera experiencia de vida para José, tanto en el aspecto laboral como en el personal. Dentro de la Fundación José apoya las investigaciones, así como los trabajos de campo, estimaciones de abundancia de delfines y monitoreos de caimanes, demostrando grandes conocimientos empíricos sobre todos ellos.
La Fundación Omacha le ha dado la oportunidad de aprender a valorar aún más su cultura y su entorno, enseñándole a más de un turista y habitante de la zona, el verdadero significado que tiene la naturaleza y los ecosistemas que el mismo vigila: “La gente no sabe la importancia de la naturaleza y el peligro que esta corre cuando manos destructivas atentan sobre ella; sí siguen tumbando árboles, sacando maderas, van a acabar con el pulmón del mundo, la selva, ya no habrán animales, y si no hay naturaleza no hay gente, comenta con tristeza José.
Ya son 11 años que lleva dentro de la Fundación y a lo largo de todo ese tiempo se ha hecho mucho más amigo de la fauna.
Como ecologista y ambientalista empírico no resiste el hecho de que existan personas que comercializan con animales, algo que considera una verdadera práctica salvaje: “empezaron a matar caimán negro y blanco y a exportar sus pieles, también sacaban muchos huevos de tortugas tericayas, chigüiros, tortugas, pescado grande, pescado pequeño, y botaban las cabezas de las gamitadas (pez muy apreciado por su carne). Sacaban mucha carne de monte para venderla en el Brasil y el Perú. Estos individuos trajeron el pánico a la tranquilidad de la selva. Antes no se conocía la motosierra, la malla, las aserradoras. Y es que cuando cae un tronco los animales se asustan y salen corriendo”.
La selva amazónica es su alma

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En el Perú, y acompañado de su amor por la naturaleza, compartió 14 años con los indígenas Yaguas quienes lo legaron con tácticas de orientación en la selva; pasando además por territorio brasilero donde con los Mirañas aprendió a entrenar el oído para la caza de la guangana (cerdo salvaje), desarrollando la habilidad para la caza y la supervivencia en la selva: “Uno no es estud iado, pero a través de mirar y con el tiempo todo se aprende. Yo apoyo en los trabajos de campo con mis conocimientos no con el GPS”.
Este personaje, recorre la selva como la sala de su casa. Es experto en el monitoreo de caimanes, con los cuales desde hace algunos años, guarda una relación bien cercana: “Mis hermanos llamaban a los caimanes negros para matarlos y vender las pieles. Ellos me enseñaron a coger con las manos a los caimanes. Yo tenía unos 6 años cuando los acompañaba y de 15 años ya recorría muy bien la selva. Cuando la recorría veía cerrillos, borugas, guanganas”, añade con orgullo.
Él sabe que los caimanes son animales netamente peligrosos, pero también cree que tiene un don para manejarlos, pues José además de monitorearlos también idolatra a estos reptiles: “Seguimos a los caimanes, miramos dónde viven, su forma física, para mi son de otro mundo, son muy bonitos por el color, por el peso. Cuando uno les pasa la mano por el costado tienen una piel muy suavecita. Me gustan mucho los caimanes por como gritan, y las crías son muy bonitas”.

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Aunque esa admiración también refleja respeto, condición que adquirió desde muy niño: “Cuando era niño, más o menos de 7 u 8 años, habían unos caimanes grandes como un tronco de un árbol de gruesos. Yo los picaba con un palo sin punta. Entonces uno me dio un coletazo y con la puntita nada más de la cola me botó lejos. Así el caimán me enseñó a no molestarlos nunca más”
En su tiempo libre, este libro personificado de historias selváticas disfruta interpretar la dulzaina, la cual toca desde niño, alegrando la vida de muchos con las notas musicales que entona desde su instrumento: “Yo tocaba la dulzaina o rondín cuando niño, ahora de viejo me compré una hace 3 años; me compré una muy bonita en el Perú pero me la robaron. Cuando salgo a la calle a tocarla, los niños que pasan se acercan, y entonces me convierto en profesor, eso me recuerda mucho a mí porque yo escuchaba también a los viejos”
Es ese sentimiento de agradecimiento por sus raíces, es ese amor por su cultura y es esa pasión por su selva querida, los arraigos que mantienen a José Becerra Catatunga, un verdadero guardia selvático que recorre día a día en un bote la ilusión de un ecosistema que clama por la preservación y el respeto a la vida.